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Fear The Walking Dead

‘Fear The Walking Dead’ sigue siendo material de derribo

Imagino que no es nada fácil acostumbrarse (y sobreponerse) a la mediocridad de haber nacido como segundo plato. Tan laxo que tu terror acabe siendo cómico, cumpliendo con cada parte de cada estereotipo de los que han dejado de estar de moda, precisamente por su carácter impostado. Estás relativamente preparada para asaltar los televisores de occidente, y a veces lo consigues, pero no dejas de ser un producto reformulado que tocó techo tras la primera temporada. Hablo de ti, Fear The Walking Dead, infectada por el mismo virus que convirtió al primer retoño de Robert Kirkman, tu creador, en un compendio de retórica y previsibilidad. En un placebo más desordenado y confuso de lo que parece, a decir verdad, y que ahora le reza a un bate de baseball adornado con alambre de espino. Bajo esa capa simplona construida a base de ritmo, casualidades narrativas al borde del Deus Ex-Machina y una querencia casi ridícula por la dramatización del esperpento zombificado, encontramos un somero intento de los conductores de la serie por decirnos que no pueden estirar más el chicle, que mostrar cómo se puede extraer un ojo humano (vivo) con una cuchara, es la única vía para merecer que estemos a su lado cuando llegue el momento de enterrarla. A pesar de que la línea narrativa la coloca en las antípodas de series como Twin Peaks, el síntoma del imaginario colectivo es casi idéntico. Ante la creación de David Lynch reaccionamos aplaudiendo y afirmando que cambió y podría seguir cambiando la televisión, cuando en realidad sólo afectó y quizá siga afectando a la forma de vender el producto televisivo, de hacer marketing a partir de una idea loquísima.

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Fear The Walking Dead

Nadie entiende nada de lo que ocurre porque está pensada para eso, para empujarnos al abismo, para llevarnos a terrenos oscuros en los que nadie es capaz de arrojar luz. Algunos gastan su energía en intentar comprender qué maldito problema tienen los habitantes de ese idílico mundo capitaneado por una psicopática Laura Palmer, pero es que ni había (ni hay) por dónde pillarla. Sin embargo, con la serie protagonizada por Kim Dickens y Cliff Curtis ocurre todo lo contrario. Defendemos el ocaso creativo de una ficción de zombis que ha dejado de entretener porque nos da lo que queremos -una pila de muertos vivientes con el cráneo destrozado o contradicciones cotidianas de personajes unidimensionales- cuando más lo esperamos. Se ha dejado de jugar al ratón y al gato para pasar a perseguir un propósito de simpleza que, lejos de resultar embriagador, arriesgado o tan siquiera ameno, produce la misma sensación que una baldosa golpeando tu cabeza capítulo tras capítulo, línea de guión tras línea de guión. Fue la tónica durante la segunda temporada y, tras ver la primera entrega de la tercera, cortesía de AMC, podemos asegurar que seguirá siendo así hasta que el público pida su cierre definitivo. Ahora la acción se sitúa en la base militar controlada por un joven insensato que, disfrazado de militar, juega a ser Dios con experimentos homicidas y hoyos gigantescos habitados por huéspedes nada agradables. Paso a paso, Eye of the Beholder -nombre de este primer episodio- cumple con la nomenclatura y los parches de las ficciones en las que no queda lugar para la innovación. Quizá nos acordemos para siempre de lo que nos inspiró el nacimiento de Fear The Walking Dead, planteada como un apocalipsis literal visto a través de una familia disfuncional que ya vivía el suyo propio antes de que estallara el pánico. Lamentablemente, ya no queda nada que nos haga suponer que el futuro será mejor. Sí, en cualquier caso, una repetición de los códigos que, algún día, sentaron a más de siete millones de norteamericanos (y, por extensión, a millones de occidentales) en el sofá, con el objetivo de marcar las diferencias.

Fear The Walking Dead

Se puede empezar a pensar en el poder de un showrunner como Scott Gimple, último fichaje llegado de The Walking Dead para que marque la hoja de ruta en el spin-off y acostumbrado a las lecturas y los tiempos de la serie matriz. Ya son demasiados los lugares comunes entre una y otra como para creer que Fear The Walking Dead es harina de otro costal, como para no hacernos a la idea de que no sólo estamos soportando episodios soporíferos de la primera espada para un final de temporada relativamente rebelde, sino que contribuimos a que su escudera en el campo de batalla se convierta en exactamente la misma cosa. Que por lo único que nos acordemos de este inicio de temporada sea por los problemas de Nick Clark (Frank Dillane) con el español, es la prueba definitiva de que los zombis son el nuevo rock and roll o la nueva comedia por autocompasión. Ese género que comienza rompiendo los esquemas para terminar en la orilla de las lamentaciones. Se estrena el próximo lunes a las 22:00 y a nosotros no nos apetece nada más que volver a escuchar ese irresistible “no te dejaré jamás” del joven prodigio.

Tráiler de la tercera temporada de ‘Fear The Walking Dead’

About Mario Álvarez de Luna

Periodista cultural | Crítico cinematográfico | Analista televisivo.

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