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‘Harry Potter y la lógica de las Artes Oscuras’

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Fue en 2001 cuando se disparó nuestro amor por las lechuzas, el correo postal y, aunque suene extraño, un gigante bonachón y peludo; nuestra devoción por un mundo mágico que nos acompañaría durante diez gloriosos años en los que Harry Potter -la idea creada y desarrollada por esa máquina de hacer dinero (a través de fábulas sobre la madurez y la incomprensión) en la que se ha convertido J.K. Rowling-, amasaría millones de euros (bien protegidos por los gnomos de Gringotts) y reuniría a billones de muggles en torno a su figura. Seguramente sea el fenómeno más grande de la cultura pop en lo que llevamos de siglo, y seguramente siga siéndolo mientras la autora británica quiera. Recordemos que la expansión del universo harrypotteriano se materializará este viernes con el estreno de Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos, cuya saga comprenderá cinco nuevas películas. Para entender la magnitud del lugar hacia donde nos dirigimos, te invito, querido lector, a que entres en esta pequeña cápsula temporal en la que se proyectarán, con más o menos profundidad, algunos detalles de las cuatro primeras películas, véase desde el descubrimiento de la piedra filosofal hasta la re-articulación de esa banda terrorista comandada por Lord Voldemort y secundada por los mortífagos.

A estas alturas, todo hijo de vecino debería saber que, si Tom Marvolo Riddle es el heredero de (Salazar) Slytherin, el retoño de los Potter forma parte de él. De hecho, Harry coqueteó, poco antes de casi obligar al sombrero seleccionador a que le enrolase en las filas de Gryffindor, con las serpientes, siendo este nexo una de las ambigüedades más notorias de la obra literaria. En la famosa e introductoria escena del muestrario de reptiles -en Harry Potter y la piedra filosofal-, la cicatriz hizo su presentación en sociedad poniendo en la boca de nuestro protagonista ciertos fragmentos de la lengua pársel. Sí, tu adorado mago sufrió un suerte de proceso xenoglósico (competente a la xenoglosia o la habilidad para hablar un idioma sin haberlo aprendido y, en suma, ser consciente de hacerlo) sin que pudieses hacer nada por entenderlo. Chris Columbus, director de las dos primeras entregas y productor adjunto de las seis siguientes, estableció una regla para conectar ciertos elementos simbólicos (no es ninguna casualidad que, en la escena anterior, los estudiantes que abandonan el zoo vayan ataviados con uniforme verde) como muestra de su naturaleza detallista. También lo hizo, aunque ello se desarrolla durante toda la saga, con la relación entre Harry y Ginny -la primera interacción que tienen, con 11 y 9 años respectivamente, es un “buena suerte” que la niña le espeta a La Leyenda antes de que este cruce, por primera vez, al andén 9 y 3/4.

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Existen dos aspectos que funcionan como nexo, uno entre las dos primeras películas, y otro que reúne a las cuatro. El primero de ellos, que se difumina a partir de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, es la marcada estructura con la que favorece: a) el ritmo en, y la presentación de, un mundo complejo; b) el entretenimiento en un primer acercamiento al dolor que íbamos a experimentar después; c) el engaño con respecto a ciertos personajes; y d) que todo apareciese y desapareciese con la suficiente rapidez como para hacernos pensar que ese mundo podía ser posible. Bajo el humor, las luces y las sombras se definían las tramas de la Piedra Filosofal y la Cámara de los Secretos, tres pilares (y medio, pues del cómico choque entre la cultura mágica y la no mágica vivían numerosas secuencias) que dieron pie a ese mínimo común denominador que comparten todas las películas precedentes al regreso de Voldemort: su capacidad para la lógica, representada narrativamente por los profesores que impartían Defensa contra las Artes Oscuras, la asignatura que precisamente les salvaría ante un desliz con un sujeto del mal. Pero antes conviene hacer hincapié en una de las pocas cosas que merecen la pena de la segunda película: el debate racial. “Asqueros@ sangre sucia” es uno de los descalificativos más dañinos que le pueden hacer a un mago. Draco le dejo claro a Hermione que no era bienvenida en su círculo de amistades, presentando un elemento premonitorio para lo que quedaba de aventura: todo gira en torno a una suerte de conflicto entre los que piensan que los hijos de muggles merecen estudiar en Hogwarts y los que, en cambio, opinan que estos deben ser apartados de tamaño privilegio. Bien, sigamos con la teoría lógica.

El primer abanderado de la misma fue Quirrell, un pobre tipo utilizado por el que-nunca-debe-ser-nombrado y que terminó chamuscado por su propia ignorancia. Un año después apareció el Gilderoy Lockhart de Kenneth Branagh, de todo menos un profesor del que se pudieran aprender más cosas que el narcisismo, la autocompasión y cómo firmar millones de autógrafos en menos de media hora. Gracias al proclamado ego de Lockhart y durante la presentación de su último libro, Lucius Malfoy soltó el diario de Tom Marvolo Riddle en el pequeño caldero de Ginny Weasley, sin que ninguna de las numerosas miradas -salvo la de nuestro héroe- que habitaban la sala se posase sobre él. Fue entonces cuando conocimos al recuerdo adolescente de Lord Voldemort (anagrama temible de un nombre muggle), esa época en la que tenía pelazo y un puñado de inquietudes, todas ellas relacionadas con ser, maldita sea, el Señor de la Muerte. Pero acabó mal, porque Fawkes (el fénix de Don Albus Dumbledore) decidió que Harry era lo suficientemente leal como para seguir vivo. Y, bueno, porque no podía morir en el segundo asalto. A todo esto, Gryffindor seguía siendo la Casa del Pueblo, mientras que Slytherin representaba a unas élites cada vez más extintas, terriblemente dañadas por el escándalo del diario.

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Que Columbus decidiese no dirigir la tercera película -testigo que tomó Alfonso Cuarón– no sólo no afectó a los cimientos que había construido durante los dos años anteriores, sino que aportó una nueva dimensión al imaginario mágico: los viajes en el tiempo. ¿De qué otra manera habríamos disfrutado, desde dos ángulos, del directo de Hermione a la nariz de Draco? También había que salvar a Sirius Black, pero eso es lo de menos. En suma, el Prisionero de Azkaban contribuyó a la aparición de una figura que tenía todas las papeletas para convertirse en carne de meme (sí, estamos hablando del Dementor), tanto así como de la familia no correspondida de Harry, animagos, licántropos y algún que otro animal fantástico (cómo olvidarse de Buckbeak -el hipogrifo de Hagrid- y su estrecha relación con los hurones). Por cierto, en esta entrega tampoco renuncian a la costumbre de que la gafada Defensa contra las Artes Oscuras -que, en el siguiente párrafo, explicaremos brevemente- fuese la vía de ascenso para el Señor Oscuro. Se mantuvo gracias a Remus Lupin y su evidente misión como mediador sentimental entre Harry y Sirius. A ello debemos añadir tres puntos clave en su comportamiento en la escuela: 1) su empeño por ayudar al cada vez menos niño Potter a descubrir su poder; 2) su terrenal método para recuperarse de un duro golpe -el chocolate, el azúcar y el complejo de Bridget Jones-; y 3) esa doble vida cuando luce la luna llena (que, por cierto, protagoniza uno de los detalles más ricos de la película: cuando Harry refleja su mayor miedo -un Dementor sale a escena, otra vez- Lupin se interpone y la imagen que adopta el boggart es la de una luna tapada por dos nubes grises).

El motivo por el cual la Defensa contra las Artes Oscuras estuvo en una especie de trance con mal de ojo fue porque, simplemente, no hacía falta aprenderla. Sin embargo, cuando Voldemort consiguió renacer de su pútrido cuerpo, y después de que Dolores Umbridge atemorizase a medio Hogwarts, fueron Harry Potter -desde la clandestinidad- y Severus Snape – de forma oficial- los elegidos para tamaña responsabilidad. Entonces sí que era necesaria una pauta defensiva, ya que se avecinaban tiempos complicados, en los que los jóvenes iban a necesitar de la experiencia de alguien más que capaz, que les enseñase ciertos trucos que garantizasen la supervivencia. Pero volvamos sobre nuestros pasos. Una de las mejores -si no la mejor- cintas de la saga, como es la tercera, es también una de las más complejas a nivel narrativo. Tiene mérito, pues es en la primera en la que la amenaza real no se destruye, sino que ni siquiera hace amago de aparecer. Si lo hace es a través de aquel que fomentó la leyenda de Potter, traicionando a sus padres, Peter Pettigrew. El Prisionero de Azkaban le sirvió a nuestro mago predilecto como cura de humildad, con respecto a lo que significa experimentar miedo, dolor y pérdida, pero también en base a su poder: es la primera vez que siente cómo la magia fluye por sus venas. De hecho, llega a confundirse con su padre en un juego hedonista que, finalmente, termina por compensar su decepción con una verdad universal: su conjuro Patronus, a pesar de ser un ciervo, está por encima de lo divino y de lo humano.

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Las pistas, ahora sobre la ampliación del universo mágico, se suceden también en Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Lupin, licántropo y con su misión en Hogwarts más que cumplida, le entrega el testigo de las Artes Oscuras a la adaptación de Burty Crouch Jr. sobre Alastor “Ojoloco” Moody, un ex auror (como Percival Graves) con una pierna en la que se reflejan sus demonios. Aquí no hay medias tintas: muere un muchacho que después se reencarnó en vampiro refulgente al sol, descubrimos otras escuelas -Beauxbatons y Durmstrang (en la que estudió Gellert Grindewald, amor tardío del joven Dumbledore)- y el terrorismo mágico hace su primera aparición a gran escala, en el Mundial de Quidditch, con unos mortífagos organizados como una ramificación del Ku Klux Klan. ¿Dónde está la maldita rata, Ronald? Cuidando de Lord Voldemort, preparando su regreso, colocando las piezas para que la noche se abalance sobre el día.

Harry se acerca, gracias a la burocracia y por primera vez, a la gloria eterna en un estado consciente y racional -cuando el-que-no-debe-ser-nombrado le regaló esa pequeña cicatriz en forma de rayo, era un bebé inexperto e inconexo en sí mismo. Esta evolución en la mente del protagonista produce, a su vez, la primera crisis de confianza entre Ron y Potter, a quienes llevamos conociendo casi cuatro años. Su primera disputa grave que, casualmente, será lo que de pie a la confirmación de lo que siempre supimos: el quinto de los Wesley, enamorado perdidamente de Hermione. Gabriel García Márquez le puso nombre a eso, 16 años antes: el amor en los tiempos del cólera. Aunque, bueno, quizá lo más remarcable de la película fuese -entre dragones, vísperas de II Guerra Mundial Mágica y la primera colaboración de Ralph Fiennes como el señor tenebroso- que ni en la realidad paralela y comercial de Houdini, el periodismo está exento de una asquerosa sangre sucia escribiendo para la prensa rosa.

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About Mario Álvarez de Luna

Periodista cultural | Crítico cinematográfico | Analista televisivo.

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