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Vivir de noche

[CRÍTICA] ‘Vivir de noche’ te enseña a beber ron on the rocks

Tan manido como verter un chorro finísimo de ron añejo sobre tres hielos, asemejando el proceso que las olas experimentan cuando rompen contra un malecón. En esencia, eso nos deja Vivir de noche al abandonar la sala -además de un exquisito tiroteo en un hotel de Tampa. Una buena dosis de disolución alcohólico-plomosa con la que entretenerse y olvidarse de que, maldita sea, a Ben Affleck le siguen quedando grandes sus personajes. Alejada de esos noir de los años 30 y 40 -sobre todo los de Raoul Walsh y John Huston- protagonizados por gángsters que se hacen a sí mismos, ya sea en Boston, Florida o Little Italy, durante la Ley Seca, la adaptación de la obra escrita por Dennis Lehane es un producto demasiado acartonado como para tomarlo en serio. Exactamente al contrario que un dedo de melaza destilada on the rocks, que necesita algo de tiempo dorando las rocas de agua para mejorar en el paladar. El chico-para-todo de Hollywood se pasea por la superficie de un género que acostumbra a cargar las tintas con complejidad moral, siempre rozando los claroscuros de una época en la que apretar el gatillo era tan frecuente como ahora lo es tomarse una selfie con tu ídolo. El problema es que este tipo de ficciones dejaron de ser noticia hace aproximadamente veinte años, lo que produce casi de manera automática una sensación de déjà-vu. Espoleada, en gran parte, por el interés que el cineasta ha demostrado por los bajos fondos del sueño americano. Así los estudió en Adiós pequeña, adiós y les dio un aire renovado en The Town -ambas adaptaciones de la obra de Lehane.

El talento de Affleck para dirigir cualquier faceta de una película es ineludible -el narcisismo que demuestra en algunas secuencias normalmente convencionales a veces se agradece- pero también lo es que no ha sabido mostrar (como actor) la profundidad de Joe Coughlin, creyente dejado de la mano de Dios, soldado en la Primera Guerra Mundial, hijo de un superintendente de Boston, amigo, vecino y contrabandista. A efectos teóricos, Vivir de noche se zambulle en los clásicos donde los villanos trataban de ser, además, buenas personas. Coughlin no sólo tiene que sobrevivir a la competencia en un ambiente con olor a hierro, sino a sí mismo y su fanfarronería; a su excesiva ambición en feudos que mejor dejar como están; a las consecuencias de su participación en la guerra; al amor de una dama capaz de calmar su ira. Sin embargo, cuando se trata de trasladar a la praxis ese estudio histórico, al mayor de los Affleck se le encasquilla el martillo de la beretta y no atina a darle al blanco. En otras palabras que abandonen la metáfora, la chispa que consigue en el planteamiento se difumina hasta que todo el mecanismo entra en stand-by, se estanca y nosotros miramos hacia otro lado. Lo que empieza a estar claro es que el oscarizado cineasta-guionista-intérprete está más centrado (de lo que afirma en sus entrevistas) en The Batman. Quizá por eso se intuya su última cinta como un simulacro de lo que podía haber sido, para recuperar el músculo narrativo de The Town en las secuencias de acción, de cara a su idilio con el Caballero Oscuro. No en vano, la cantidad de recursos en formato homenaje a las tramas pulp de mitad de siglo contribuyen a que ese halo iconográfico quede muy por encima del repaso a las grandes barbaridades del crimen organizado o lecturas adscritas a nuestra actualidad más cruda.

Crimen en el paraíso

Vivir de noche

Repaso que, por otra parte, tampoco está equilibrado por el mero hecho de contar con algunos encuadres bonitos y compartir las mismas zonas comunes que sus antepasados. Hablamos a menudo del pastiche con una ligereza asombrosa. No obstante, sería una definición ajustada a lo que significa Vivir de noche para la industria: una mezcla de muchas cosas sin demasiado orden con el objeto de parecer original. Affleck es perfectamente consciente de que no está ofreciendo nada nuevo al público, y precisamente por eso preocupa la falta de intensidad en una historia que podría haber sido mucho más grande. A una parte del público le bastará con la solidez de ciertos pasajes, desfile de trajes y dilemas paterno-filiales incluidos, pero la óptica con la que desafía a los códigos del género no debe edificarse, únicamente, sobre el frenesí y la rapidez con la que se suceden las imágenes. Necesita un verdadero propósito para cerrar el círculo, porque sí es un producto resultón al modo que funcionan como tiros las refriegas y los tragos de ron. Pero cuando se pone dramática, con la secuencia donde Joe se enfrenta al Ku Klux Klan como punto y a parte, subtextos como los ideales perdidos de un hombre que no encuentra a Dios; la corrupción social de ese mismo sujeto; o la suciedad de las cloacas norteamericanas, atienden a una óptica más pluralista, de mayor corrección política e incluso más fiel a la realidad que los clichés de mitad de siglo. Aquellas costumbres que el director de Argo busca romper y adaptar a los nuevos tiempos, de modo que incite a pensar en que toda historia está destinada a repetirse. En ese sentido, Vivir de noche trata de revelar qué aspectos de los años 20 y 30 siguen percutiendo en las zonas sombreadas de los no tan nuevos tiempos. No se le puede negar atrevimiento a Affleck, desde luego, aunque esta vez haya contagiado de su ya genuino carácter encorsetado a casi todos los aspectos de la película.

Tráiler de ‘Vivir de noche’

Review de 'Vivir de noche', lo último de Ben Affleck

BUENA - 6.5

6.5

Tan manido como verter un chorro finísimo de ron añejo sobre tres hielos, asemejando el proceso que las olas experimentan cuando rompen contra un malecón. En esencia, eso nos deja 'Vivir de noche' al abandonar la sala -además de un exquisito tiroteo en un hotel de Tampa.

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About Mario Álvarez de Luna

Periodista cultural | Crítico cinematográfico | Analista televisivo.

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