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Paterson

[CRÍTICA] ‘Paterson’, el círculo existencial en un poemario

Decía Robert Penn Warren que “un poema es la luz que nos permite ver la vida”, y dónde se refleja mejor esta, si no en los pequeños detalles diarios que modifican ligeramente nuestra rutina; un círculo formado por siete días que, aunque no prestemos atención, hemos establecido como si el tiempo transcurriese sin tener en cuenta las horas entre un lunes y el siguiente. Las 00:00 del primer día semanal son las 00:00 de nuestra vida, algo así como una composición lírica de nuestros propósitos. De modo que Jim Jarmusch se decide a explicar la belleza de lo cotidiano a través de un asceta que lleva el mismo nombre que la película; la ciudad donde compone, trabaja y habita; y el poemario quizá más importante escrito por su ídolo, William Carlos Williams. Paterson, convertido automáticamente en un personaje de culto gracias a Adam Driver, observa (y describe con los versos originales de Rod Padgett) objetos, calles, personas y situaciones que riman sin pretenderlo, como una suerte de palíndromo involuntario que sólo unos pocos son capaces de percibir. Bajo esta presunción artística, que prueba la intención del director por componer con armónica sensibilidad, se construye una película que no cuenta absolutamente nada, pero que lo transmite todo con una precisión (casi) extinta en el cine contemporáneo.

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Paterson

Lo romántico se encuentra con su faceta más contemplativa, con esas miradas infinitas sobre la grandeza de una persona con la que compartes una existencia pura, sin pretensiones ni artificios, ni siquiera ideologías. Quizá Paterson sea la primera película en décadas que se atreve a ser grande (logro que acaba alcanzando) narrando la vida de dos enamorados. Jarmusch, el mejor poeta cinematográfico de la otra Norteamérica. Ahí estamos, una jornada tras otra, despertando sobre la cama que nuestro conductor de autobús y su amada Laura (ahí está Petrarca, una de las grandes influencias de la cinta) comparten bajo el mismo régimen costumbrista: no hay mejor despertador que la rutina. Ambos desayunan cereales moviendo la cuchara con la misma cadencia que ayer, y que mañana. Mientras el primero aprovecha sus tiempos muertos (tan importantes en la obra del director) para dedicarle versos sin rima a lo que le rodea, la segunda pinta circunferencias en tonos grises y negros, allá donde su vena artística emerja de manera irracional. Allá donde todo armonice. La historia ni siquiera plantea situaciones que revelen rincones ocultos o ambigüedades; en Paterson, Nueva Jersey, ciudad de artistas urbanos, sólo trasciende el que anteponga el corazón al maquillaje.

No es ningún secreto que la poesía es (y siempre ha sido) el refugio interno de numerosos incomprendidos, cautivados por una perspectiva existencial totalmente intrascendente para la sociedad. Ni tampoco que grandes nombres han admitido a cara de perro que el poeta es el individuo que más se acerca a un entendimiento pleno de la vida, de modo que él es el que decodifica los códigos existenciales para todo el mundo. Pero Paterson es un hombre clásico, que prefiere el todo a la suma de las partes, que canaliza su deseo más profundo en un pequeño bar donde se debate sobre el desamor, las deudas y algunos momentos felices; y al que acuden todas las metáforas del cineasta para hacernos entender el valor de una buena composición versada: existen parejas de gemelos inesperadas, partidas al ajedrez que nunca acaban y un espejo para el protagonista, en forma de Hall of Fame particular, donde yacen las gestas de Lou Costello o Alan Ginsberg. Y, como la vida, la última secuencia (que merece un aplauso eterno) cierra el círculo con tamaña amabilidad que es muy complicado no emocionarse. Paterson, durante su particular homenaje a la poesía, acaba por ser una sinfonía a la que no le falta absolutamente, y que le recita sus mejores versos a la existencia con una exquisita belleza formal.

Tráiler de ‘Paterson’

Review de 'Paterson', lo nuevo de Jim Jarmusch

NOTABLE - 8

8

'Paterson', durante su particular homenaje a la poesía, acaba por ser una sinfonía a la que no le falta absolutamente, y que le recita sus mejores versos a la existencia con una exquisita belleza formal.

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About Mario Álvarez de Luna

Periodista cultural | Crítico cinematográfico | Analista televisivo.

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