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Crudo

‘Crudo’, una fábula sobre el proteccionismo familiar que revive a los muertos

 El misterio de Hanging Rock

A medida que incrementa la intensidad de las notas en el pentagrama, por orden del compositor Jim Williams, nosotros, dulces espectadores preparados para el esfuerzo mental de una película abiertamente opaca, deseamos con todas nuestras fuerzas que Crudo -originalmente titulada ‘Grave’- no se quede a las puertas de algo más jugoso (y, por ende, profundo) que un relato sobre la etapa adolescente de una vegetariana que descubre su verdadera naturaleza. Ese pequeño matiz que huye despavorido en los filmes de terror-gore muy frecuentemente, en las manos de la cineasta francesa Julia Ducournau adopta una dimensión febril, estética y puramente dramática, de modo que juega con el cliché del proteccionismo familiar, pero desde una perspectiva opuesta a todo lo que hayas visto, a buen seguro, en los últimos diez o quince años. Los agudos ejecutados por el piano y los metales de Williams siguen perforando nuestros tímpanos; estos, a su vez, transmiten la vibración a todo el cuerpo; y los planos medios que Ducournau le tira a Garance Marillier regurgitan ese trozo de pastel que ya sabías que te sobraba. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzas a entender, tu cerebro te pide más de aquello que le esté sucediendo a la no tan pequeña estudiante con accesos que sólo su segundo apellido comprende. Quede claro desde el principio que no estamos ante una narrativa (sólo) desagradable, sino ante una obra que trata de transmutar en una fábula sobre el descubrimiento, la integración y los impulsos más irracionales. Incluso sobre las taras del individuo, que pese a no conocer el control cuando añade alcohol y cansancio al mejunje, quiere evitar que su presente sea el de las futuras generaciones. Decir que Crudo se acerca a una mezcla entre el paradigma del género construido por Dario Argento en 1977 y el primer cine de David Cronenberg, da la medida aproximada de lo que ha conseguido Ducournau en su ópera prima.

En aras de la lírica naturalista, el poder visual coge las riendas de la carnalidad y la erótica, estableciendo un límite casi invisible entre lo que muestra y lo que deja a la imaginación. Precisamente, en esta segunda faceta, mucho más psicológica que escatológica –de ahí que Crudo sea una pieza brillante y un balón de oxígeno para el gore contemporáneo-, se ahonda en los dilemas mentales de una adolescente a la que han diseñado con trazas similares a un Gremlin humanoide (quizá sólo sea fruto de la casualidad, pero sus pulsiones internas siempre llegan acompañadas de madrugadas etílicas -la parte de la lujuria escapa a este razonamiento por causas evidentes- alrededor de una marabunta). Justine descubre, al mismo ritmo que nosotros, lo que realmente le despierta curiosidad, de modo que el alambicado tetris que nos propone la también guionista a mitad de metraje se diluye con la misma naturalidad con la que Marillier devora carne cruda. Hace mucho tiempo que no se veía una ejecución tan diferente, por lo excelente, de un planteamiento tan sencillo. Los nervios por cerrar el círculo sin desviaciones típicas; las ganas por gustar al público objetivo; y la tendencia a llenar el encuadre de falsa hemoglobina, no existen en el cuadro de mando de una película a la que podemos diagnosticar, humildemente, el síndrome del indie-gore: reflexionar sobre la casuística del individuo mientras se cercenan dedos (o se escupen amasijos de pelo) como método para amplificar el dilema personal.

Crudo

Crudo, en su disimulada dinámica de autocontrol, se expande y contrae como un acordeón en perfecta sinergia con el compás de Williams. Incide cuando es necesario; aplica sedante mientras prepara el siguiente ataque a la yugular del espectador. Si bien no es apta para estómagos sensibles, no alcanza, ni de lejos, el nivel que se puede deducir de su atrevida campaña de marketing. Cuenta con más simbología que maquillaje, lo que la aleja de cualquier convencionalismo y de cualquier mito que tenga relación con abandonar la sala entre arcadas. Tampoco escapa a la lógica que su principal apoyo sean los clichés, pero Ducournau bascula estupendamente de un relato al otro, llegando a ensamblarlos hasta el punto de que uno no puede vivir sin el otro, y viceversa. La alegoría que proyecta sobre el proteccionismo y las filias, el amor y la carnalidad, incluso sobre el vicio y la obsesión, encajarían mejor en un marco que adoleciese de canibalismo, pero si lo piensas detenidamente, la línea que converge entre esos dos mundos es tan fina que ya era hora de que alguien se atreviese a mostrarla sin aspavientos ni imposturas. Sí, te sugiero que atiendas a las múltiples capas del relato, pero no te las oculto, así como tampoco te privo de imágenes con las que deleitar a tu yo más ansioso de vísceras y desgarros. Lo que ocurre en Crudo es mucho más importante de lo que parece para un género acusado, durante el nuevo milenio, de no encontrar un soporte moral detrás, ya que aprovecha los mecanismos del drama familiar como fundamento medular. De hecho, puede que su paralelismo con el momento actual del gore quede resumido en un par de líneas de guión; aquellas en las que Adrien le espeta a Justine que, después de años escondido en el armario, no iba a haber salido para fornicar con mujeres. Algo así podría extrapolarse a un cine que, tras lustros en stand-by cualitativo, vuelve a recuperar las ganas de vivir. Crudo revive a los muertos.

Tráiler de ‘Crudo’

About Mario Álvarez de Luna

Periodista cultural | Crítico cinematográfico | Analista televisivo.

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